lunes, 13 de septiembre de 2010

LIQUIDÁMBAR, EL ÁRBOL DEL ESTORAQUE

     Le despertó una brisa suave que soplaba por sus cabellos empapados. La sensación de escalofrío al sentir el aire fresco sobre sus mojadas y raídas ropas y el evidente desconcierto por no saber en donde se encontraba en ese momento, contrastaba con el olor a paz que se respiraba en aquella playa de blanquísimas arenas. Nada en esa incondicional calma podía hacer sospechar la situación por la que pasaron él y sus compañeros de viaje tan sólo unas pocas horas antes en medio de aquella terrible tormenta. Como único testimonio de ello los escasos restos del naufragio que se iban acercando hasta la orilla y que por desgracia no venían acompañados por señal alguna de sus compañeros.

     ¡Mal comienzo para una expedición cuya misión residía en el conocimiento del Nuevo Mundo, recién descubierto!.

     Decidió entonces dar un paseo para explorar el resto de la playa en busca de algún superviviente. Se dio cuenta en aquel momento que aquella playa no tenía fin, que el lugar en el que se encontraba no era un pequeño islote en medio del océano sino que más bien se trataba de una inmensa isla o tal vez un continente. Si así era, sólo sería cuestión de tiempo encontrarse con algún habitante de aquellos contornos.

     Tras varias horas de paseo en solitario sin encontrar ninguna criatura que caminase erguida, fue la sed la que le hizo dejar la excursión para pasar a la incursión, en busca de algún arroyo o manantial donde poder refrescarse y beber un trago de agua.

     Al poco de adentrarse por la frondosa selva que monopolizaba aquellos lugares, encontró los primeros vestigios de civilización, llegando por fin a una pequeña aldea que parecía deshabitada.

     Tras varios días de aquí para allá, de una aldea a otra, a cual más abandonada, alimentándose con lo que podía y bebiendo de los abundantes arroyos del lugar, por fin en el enésimo poblado, en una de las chozas, encontró a una familia de nativos con aspecto de estar invadidos por alguna grave enfermedad. Cayó en la cuenta entonces sobre la causa de la desolación de los poblados. Sin duda una devastadora epidemia estaba haciendo mella sobre los habitantes de aquella comarca que probablemente abandonarían sus moradas e incluso dejarían atrás a los miembros de sus tribus afectados por la infección, y aunque abandonar a tus hermanos es sin duda un acto de una infinita crueldad, no se atrevió a reprocharles nada. De hecho, él hizo lo mismo por miedo al contagio y abandonó a su suerte a la infortunada familia.

     Transcurridos dos días de su precipitada espantada empezó a sentirse cansado y sofocado, la garganta le ardía y le costaba respirar. Si hubiera podido ver reflejada su imagen en los remansos de agua cristalina que tanto abundaban, habría pensado que estaba viendo aún en su mente la figura desahuciada de los infortunados enfermos. Pero él ya no gozaba del privilegio de pensar y su intelecto era desbancado por el impulso vital del instinto, que le llevó, con caminar titubeante, hasta la base de un árbol que daba paso al comienzo de un bosque de ensueño, surrealista. Ante el despliegue de color desbordante que se pintaba sobre las hojas de aquella arboleda se doblegaron sus exánimes piernas y cayeron pesados sus párpados, rendidos a su inverosímil exhibición.

     ... Le despertó otra vez la suave brisa, otra vez la calma se impuso a su segunda tempestad de la semana, ¡el temporal ardiente de la fiebre!. Tardó en reaccionar un instante mientras llovían hojas secas de variados colores, encendidos amarillos y púrpuras penetrantes. Se notó la boca húmeda y los labios pringosos. Todo su cuerpo en definitiva cubierto de aquella sustancia pegajosa que goteaba de las ramas de aquellos imponentes árboles.

     Tras unos minutos recordaba, ahora si con claridad, que contrajo aquella enfermedad que tantos estragos había hecho en otros y que sin embargo contra toda lógica no había podido con él. Tal vez tuviera algo que ver ese líquido de color ámbar que recordaba a la miel, exudado por aquellos mágicos árboles y que ahora comprendía que habría ingerido de forma fortuita en su estado de inconsciencia.

     Animado por la fuerza del que cree haber descubierto el bálsamo para todos los males, retornó con urgencia, bajando montañas y cruzando ríos en su viaje de vuelta a la aldea en donde la familia de nativos quedaron abandonados a su suerte. Llevaba consigo el jugo salvador, esperando que no fuera demasiado tarde.

     Nuestro protagonista tenía la firme convicción de que el ámbar líquido que había descubierto acabaría con aquella grave epidemia, pero lo que aún no sabía era que unas semanas antes los miembros de una expedición procedentes de la vieja Europa, quizás sus propios compañeros de naufragio, pasaron por allí dejando a su paso el pequeño virus de la influenza, una simple gripe reparable con unos días de reposo pero que para los habitantes de estos contornos tenía resultados nefastos. En estas tierras, durante cientos de años ajenos a enfermedades y contagios, no desarrollaron defensas para semejantes males, sus cuerpos no estaban preparados.



LIQUIDÁMBAR
Liquidambar styraciflua
Liquidámbar, Árbol del ámbar, Ocozol, Estoraque, Árbol del estoraque, Copalillo.
Familia: Hamamelidaceae.
Lugar de origen: Sur de EE.UU, Méjico y Guatemala.
Etimología: Linneo puso nombre al género Liquidambar con el vocablo latino liquidus, “líquido”, y el árabe ambar, en referencia a la resina aromática que exuda la corteza. La denominación de la especie styraciflua procede de la resina denominada styrax (estoraque) y del verbo latino fluere, que significa “fluir”.

Descripción: El Liquidámbar es un árbol monoico de hoja caduca que en cultivo alcanza 10-15 m de altura, aunque en sus lugares de procedencia puede alcanzar hasta 40 metros. La copa es piramidal y la corteza profundamente hendida. Sus hojas de 10-18 cm. son caedizas, alternas, pecioladas y palmadas, con 5-7 lóbulos, de bordes finamente dentados y base truncada o acorazonada. El haz es brillante y el envés más pálido y pubescente. Su color verde de la época estival da paso a una gama de tonalidades rojas, escarlatas, amarillas o violáceas en el otoño, antes de su caída definitiva. Las flores son unisexuales, sin pétalos y muy pequeñas. Las femeninas se presentan en cabezuelas globosas colgantes, y las masculinas en racimos terminales erectos. Florecen de Marzo a Mayo. El fruto es capsular, de unos 2,5 cm. de diámetro, globoso, con espinas prominentes, dehiscente (los frutos se abren de forma natural para liberar las semillas), formado por numerosas cápsulas con una o dos semillas por cápsula, permaneciendo en el árbol bastante tiempo. La madera y las hojas son aromáticas.



Cultivo: Exposición soleada. Suelos ácidos (en suelos alcalinos suelen presentarse problemas de clorosis férrica). No tolera bien la sequedad del clima y del suelo, así como los suelos poco profundos y espacios pequeños donde los sistemas radiculares no tengan sitio suficiente para desarrollarse. Se multiplica por semillas, las cuáles deben recogerse en cuanto maduran los frutos, ya que son dehiscentes y se abren enseguida. La semilla tiene letargo interno, por lo que es conveniente someterla a algún tratamiento. Se siembran superficialmente, cubriéndolas con 1 cm de tierra tamizada y manteniendo el sustrato húmedo. También es posible la reproducción mediante esquejes. Se puede practicar poda de formación para fortalecer el tronco. Se recomienda no remover las ramas laterales en los 3 ó 4 primeros años.

Utilización: Ornamental, como ejemplar solitario o en hileras para avenidas, parques y jardines amplios. Muy apreciada por la belleza de su follaje que en otoño se torna rojo, amarillento, escarlata o violáceo.

Enfermedades: es una especie con pocos problemas sanitarios, pero entre los parásitos que podemos encontrar están las cochinillas chupadoras de savia, los pulgones, la araña roja u otros ácaros. Puede ser susceptible al ataque de hongos como el oidio. El exceso de cal puede producir clorosis (falta de clorofila que provoca el amarilleo en las hojas). Para su corrección es necesario evitar los suelos alcalinos y aportar quelato de hierro.

Propiedades medicinales: De la resina exudada de su corteza y sus hojas se extrae un bálsamo que se conoce como “estoraque americano” y que se usa contra la caries, para sanar heridas, para tratar la lepra y para proteger la piel contra la picadura de insectos. Con la corteza se prepara un jarabe para tratar la diarrea (astringente) y la disentería en los niños. Se le atribuyen propiedades sudoríficas, estimulantes, diuréticas y antigonorréicas. Antiguamente se administraba en afecciones catarrales crónicas, ya que tiene la capacidad de aliviar los síntomas de algunas enfermedades del aparato respiratorio. Se usa como desinfectante y para elaborar ungüentos o emplastos.

Curiosidades:
     Como de costumbre fue un misionero, en este caso John Banister, quien trajo este árbol por primera vez a Europa y lo plantó en Londres hacia 1681, en los patios de Fulham Palace. Pero la primera noticia sobre esta especie se conoció años antes, en 1571 cuando el naturalista español Francisco Hernández, que fue enviado a las américas por Felipe II en misión exploratoria, se sorprendió al descubrir la resina aromática que exudaba el árbol y escribió que era semejante al ámbar líquido, dando lugar al nombre científico con el que se conoce a este árbol.
     Este ámbar líquido tenía diversas propiedades medicinales, como hemos visto en el anterior apartado, sin embargo su uso más común no es el medicinal, apenas presente en la actualidad, sino que se impone claramente su empleo en cosmética utilizándose en perfumería para aromatizar jabones, esencias, pomadas, cremas, etcétera. Su valor aromatizante hace que se use como incienso en hogares y templos. Los aztecas lo utilizaban como aromatizante del tabaco y como objeto de impuesto y comercio. También se utiliza en fumigadores e incluso como chicle.
     El naturalista Francisco Hernández quizás creyó haber descubierto una sustancia con interminables propiedades. También lo creyó el personaje anónimo de nuestro relato, pero lo cierto es que mucho antes que ellos los antiguos pobladores del Anáhuac en el centro de México, ya conocían de sobra la verdadera naturaleza de esta sustancia, a la que en su lengua llamaban xochiocotzol (que significaba algo así como “trementina aromática”), y por extensión el árbol era conocido con el nombre de Xochicotzoquahuitl (árbol que produce trementina aromática).

2 comentarios:

  1. Me puedo tomar esta planta estoi en barasada

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  2. Hermoso árbol en Tijuana México, los mire en otoño con unos colores exuberantes

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